Batalla en la Explanada del Muro

UNA BATALLA POCO ORTODOXA
Una mujer logra rezar con la parafernalia masculina ante el Muro de las Lamentaciones.
 
Los ultra religiosos reciben el gesto entre insultos y botellazos
 
DAVID ALANDETE 19 MAY 2013 - 00:00 
 
 
Bonnie Ras sabía dónde se metía el viernes 10 de mayo. Poco antes de las siete de la mañana un estruendo emanaba de la plaza frente al Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. Era una mezcla de pitidos, gritos e insultos. “Nazis, volved a Alemania”, le gritaron en hebreo, mientras se abría paso, nerviosa, entre una marabunta de hombres vestidos al estilo ultraortodoxo, con gorro y traje negro sobre camisa blanca. “Zorra”, clamaban desde el fondo. Esquivó una botella. A su izquierda, un cordón de policías forcejeaba con un pequeño grupo de ultrarreligiosos. Uno de ellos gritaba con ira, la mandíbula desencajada y la mirada perdida. Otros lanzaban vasos, piedras, sillas.
Para esos hombres, Ras estaba profanando el lugar más sagrado para el judaísmo, un muro que contenía un recinto en el cual, según la tradición, se hallaba en tiempos inmemoriales un templo que guardaba el Arca de la Alianza. Lo que hacía allí esta madre de dos hijas, nacida en Nueva York hace 54 años, de apariencia y voz afable, era, simplemente, rezar.
El muro es un lugar de culto férreamente controlado por rabinos ultraortodoxos, que no solo dividen su acceso entre hombres y mujeres, sino que imponen una serie de tradiciones que mujeres como Ras están decididas a cambiar. Cuando comenzó, en 1988, la lucha del grupo Mujeres del Muro parecía quijotesca. Rezan en ese lugar sagrado, dentro de la sección estrictamente reservada a las mujeres, con un atuendo tradicionalmente reservado a hombres. Durante la oración, Ras se cubrió la cabeza con el taled, un manto de oraciones con flecos. Leyó de la Torá y enunció el kadish, un rezo religioso que, según la tradición, solo puede articularse en presencia de al menos 10 varones mayores de 13 años. Otras mujeres se aplicaron las filacterias, unas cajas con pergaminos de las escrituras, unidas a unas cintas de cuero, sobre un brazo y la frente. Un sacrilegio para los ultraortodoxos.
Pero este mes, por primera vez, la policía estaba para protegerlas. Hasta ahora, por lo mismo, eran detenidas. A Ras, de hecho, la arrestaron en tres ocasiones. Tras la última, el 11 de abril, la policía presentó cargos porque un fallo de 2003 de la Corte Suprema de Israel prohíbe a las mujeres rezar del modo en el que lo hacen los hombres ante el muro. Finalmente, el mes pasado, la justicia ordinaria falló a su favor. El caso, El Estado de Israel contra Ras, abrió el camino a toda una revolución en los usos y costumbres del muro.
El empeño de un grupo de mujeres ha propiciado que se proyecte una zona de rezo en la que no se discrimine por sexos
“Cuando oí el veredicto sentí alivio, pensé que todo había acabado, después de tantos años de lucha”. Comenzó a acudir al muro en 2009. Un año después se mudó de Estados Unidos a Israel. “Los rabinos ultraortodoxos nos ven como una amenaza a su modo de vida. Y buscan que las mujeres no sean vistas en público, que no se unan en grupos. Eso ya no cabe en el nuevo Israel”, añade.
Puede, sí, que la justicia esté de su lado, pero esos mismos rabinos no se van a resignar. Y durante el último rezo se esmeraron en mostrar músculo. Enviaron al muro a miles de estudiantes de sus yeshivas para ahogar a las mujeres en un ensordecedor océano de rabia. “Son unas reformistas”, gritaba, a modo de insulto, Nachman Manweiss, un estudiante de 21 años que se dejaba los pulmones. “Esto es una ofensa a lo más sagrado de todo lo sagrado. A mí no me importa que recen como quieran, pero que no lo hagan aquí”, dijo.
Hace solo unos meses parecía que la determinación de las mujeres iba a abrir fisuras irreconciliables en el muro y en Israel. Muchas de esas fieles son norteamericanas. “Vengo de una familia muy comprometida con la lucha por los derechos civiles en mi país”, asegura Ras. Los arrestos, que comenzaron en 2009, crearon indignación en Estados Unidos, el aliado más fiel de Israel en la escena internacional, y fuente inagotable de donaciones económicas. Por ello, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, decidió buscar una solución de compromiso. Y le encargó buscarla a Natan Sharansky, director de la Agencia Judía, un organismo que sirve de enlace entre Israel y las comunidades de fieles judíos del mundo.
Sharansky, varias veces ministro, es una figura muy respetada en Israel. Antes de emigrar, fue un disidente en su Unión Soviética natal, donde estuvo encarcelado por luchar para que el Gobierno permitiera emigrar a ciudadanos judíos. En abril propuso un plan: ampliar la plaza dejando la parte que ya está en uso en manos de los rabinos ultraortodoxos y creando un nuevo oratorio bajo el control conjunto del Gobierno de Israel y la Agencia Judía.
 
Su idea es erigir una plataforma elevada sobre unos restos arqueológicos. Es una zona de unos 80 metros de largo, donde Sharansky propone que se permita lo que él llama “rezo igualitario”, donde cada creyente podrá orar como desee, mezclados hombres y mujeres. El Gobierno aún debe aprobar formalmente esa propuesta, aunque Netanyahu se ha mostrado a favor.
“Por primera vez en la historia tendremos en el muro representación igualitaria, cualquiera podrá decidir dónde reza, sin por ello tener que violar las costumbres tradicionales del lugar”, explica Sharansky en su oficina de Jerusalén, ante una enorme fotografía del muro, que cuelga en la pared. “El que quiera rezar según el rito de los rabinos ortodoxos podrá hacerlo. La única diferencia es que habrá otra zona para rezo igualitario. Todos obtienen algo con esa solución”, añade.
“La propuesta de la Agencia Judía es positiva”, asegura Ras. “Pero nosotras no buscamos simplemente rezar en una zona igualitaria. La justicia nos dio la razón y nos permite leer la Torá, con el taled, en la zona reservada a las mujeres en el muro. Nunca pedimos otra cosa”, añade.
Ya en 1928, en los años del mandato británico, cuando los judíos colocaron por primera vez en el muro una pantalla para aislar a las mujeres de los hombres, los árabes que controlaban el recinto protestaron, y las quitaron, dando pie a unas revueltas en las que murieron 243 personas. La separación de las mujeres, a las que eventualmente se les daría solo el 20% de la plaza para rezar, nacía con violencia. Ahora han conseguido, con el respaldo de la ley, que su voz se oyera claramente en ese lugar sagrado para su religión.