A lo largo de los años he visto muchas veces como aprendemos una palabra y la repetimos como loros, incluso en contextos de lo más desafortunados.

Aprendemos lo que significa kehilá, Israel, emunáh, yehudí, aleluyah… y un variopinto repertorio. Hoy quiero sacar un poco de sabiduría y conocimiento de una palabra que identifica a un grupo muy concreto de Israelitas.

La palabra es Leví. Leví viene de la palabra «Lavá» (tejer, unir, permanecer) y por tanto Leví debemos entenderla como sujetado, algo sujeto.

Adonay describe en los cuatro primeros pasuk (versos) del capítulo 8 de Números, la forma de construir la menoráh de la Tienda de Reunión:

-Cómo ha de alumbrar cada una de las lámparas.

-De oro macizo entero.

– Labrado a cincel.

Pero lo más importante queda entre líneas: Así lo hizo Aarón, tal como Adonay había mandado a Moshé, según la visión que Adonay había mostrado a Moshé.

Y es entonces que nos encontramos dos conceptos unidos de forma inseparable: «obediencia y consagración».

Y es en este contexto donde nos encontramos a los levitas. Adonay describe como se forma un levita:

1. Purificado: Agua de la expiación, afeitado todo su cuerpo, lavado de sus vestidos. Así se purificarán. Este es el ritual que estableció Adonay.

2. Ellos tomarán un becerro, Moshé otro. Como expiación y como ofrenda.

3. Se presentarán los levitas delante de la Presencia del Eterno en la Tienda de Reunión. Se reunirá todo el pueblo de Israel y les impondrán las manos.

4. Aarón los presentará como si fuesen una ofrenda mecida de los hijos de Israel.

Todo esto antes de que los levitas inicien el servicio en la Tienda de reunión.

5. Los levitas cogerán a los novillos y les impondrán sus manos y los ofrecerán en ofrenda y en holocausto.

6. Los levitas, de pie, serán reconocidos públicamente por el Cohen haGadol y los Cohanim.

Después de todo este ritual los levitas entrarán para cumplir el servicio en la Tienda de Reunión.

La razón de este ritual es que Adonay los ha tomado para sí como sustitución de los primogénitos. Ellos son dones de Adonay (al pueblo) para servirle en la Tienda y para hacer expiación a favor de los hijos de Israel.

Moshé, Aarón y toda la nación, hicieron con los levitas todo lo que Adonay había ordenado a Moshé.

Los levitas hicieron absolutamente todo lo que el Eterno había ordenado referente a ellos. Y es por esa actitud que los levitas, incuestionablemente, son un referente para cualquier judío.

Quiero decirte algo: no basta con querer, o con sentirte parte. Hay un proceso. Si tú realmente quieres ser parte de este pueblo, no es posible que hagas las cosas como tú quieres.

Es necesario que entres dentro del «círculo» de la obediencia.

Podrás decir: ¡yo amo mucho al Señor!, ¿por qué he de pasar por una formación, un ritual de baño y una declaración formal junto con la oración de la Kehilá?

«Porque has de demostrar que tu compromiso es real y firme»

Ante el Dío, ante ti, y ante la kehilá.

Sólo así se era miembro de los leviim, aquellos que estaban unidos al Eterno, sujetos al Eterno y que permanecían en Él.

Muchos enseñan y creen que basta con haber nacido en el seno del judaísmo, y eso es falso. ¡Había que ser!, y eso sólo se conseguía tomando sobre sí el peso de la responsabilidad, de la santidad y de la consagración.

No les bastaba haber nacido de unos padres de la tribu de Leví. No te basta con ir a la sinagoga de forma habitual y ser espectador de los servicios, de las celebraciones o estudiantes de las clases de conversión.

La obediencia al Eterno, a su Torá, la vivencia de su palabra en nuestras vidas, es lo que nos capacita para ser judíos de verdad, para ser luz.

Es mejor que no digas qué eres o quién eres, si tu comportamiento no es acorde a su voluntad.

Pero si de verdad quieres ser parte de su pueblo: deberás demostrar con la obediencia en humildad, que tu decisión es firme y permanente. Que deseas estar unido, aferrado al pueblo del Eterno.

Y en esta labor estamos comprometidos: en mostrar a los religiosos lo importante que es la consagración a la Torá (al Eterno). En mostrar a los descarriados (los que están enmarañados en doctrinas de hombres), que los inventos humanos nada tienen que ver con la voluntad del que nos sacó de Egipto para servirle en santidad.

Sólo a él le debemos obediencia y consagración.