La parashá de esta semana tiene una gran enseñanza para los tiempos en que vivimos. Me estoy refiriendo al capítulo 30 de Números. Hay un dicho que dice lo siguiente: si tu palabra es buena, tú eres bueno; también hay otra que tiene mayor peso, es la de: Tú vales lo que vale tu palabra. Pero si he de quedarme con alguna, mi preferida es: “Los pobres sólo tenemos palabra, sino tienes palabra, no tienes nada”.

La parasha de esta semana recoge la importancia de una palabra dada, de un voto al Eterno. La palabra es “néder” y proviene de “nadar”, que se traduce como hacer una promesa o juramento al Eterno.

Y aunque el texto en cuestión, habla del voto de la mujer dependiente (debemos tener en cuenta el contexto histórico y cultural), también se refiere a la que está liberada de la dependencia de padre o marido. En definitiva, la palabra de la mujer tiene la misma trascendencia y obligación que la de un hombre al Eterno. Parece mentira que, a estas alturas del ser humano, tenga que estar escribiendo esto, pero hay algunos maestros religiosos que se empeñan en presentar a la mujer como inferior o subordinada al hombre.

Pero no es de esto de lo que quiero hablar hoy.

¡Cuán importante es la palabra dada! Y nosotros somos el pueblo que sabe de forma vivencial esto.

¿Cuántas veces el Eterno nos ha reclamado la obediencia de lo que prometimos?

Me refiero a “Naase Venishma”. Somos el pueblo, el único, que se comprometió con el Dío en un pacto eterno. El único que se comprometió y el único que lo ha incumplido multitud de veces. La Torá esté llena de amonestaciones, los profetas se cansaron de denunciar nuestro comportamiento desobediente y rebelde. El mismo Moshé antes de morir, nos advirtió sobre apartarnos de la Torá.

Somos el único pueblo que empeñó su palabra al Eterno y la ha roto miles de veces.

¿Aprenderemos alguna vez que la palabra habla de lo que somos, y de quiénes somos?

¿No nos damos, daremos cuenta, que el Eterno, cuando habla algo se cumple inevitablemente? ¿Qué toda la creación es el resultado de su palabra ejecutándose?

¿Cuándo nosotros, los judíos, tendremos una palabra inquebrantable, sin artimañas, sin tretas, sin subterfugios?

Si no somos capaces de cumplir nuestra palabra a los hombres, cómo la vamos a cumplir con el Dío?

Hemos visto en la Parashá anterior el poder que tuvieron en nosotros los pechos y las piernas de las mujeres moabitas. Pero lo verdaderamente trágico fue la actitud de los principales del pueblo, que acabaron ahorcados por su idolatría.

No olvidemos nunca el peso que tiene la palabra dada, al Eterno y a nuestro semejante, sea judío o no. Debemos ser reflejo de la santidad del Dío, y eso solo se consigue con una palabra inquebrantable.

Meditemos.

Rab. Mijael Sofer