Con esta porción de la Torá me gustaría plantear un idea tremendamente importante para nuestra vida:

la Toráh sigue en vigor y es lo que marca (debe marcar) nuestra identidad. 

El mandamiento de la Torá lo engloba todo (delito y falta).

Nótese, por ejemplo, que no hay una diferenciación entre robo-hurto (Lo Tignov: ‘no robarás’).

En la vida pueden robarnos de todo, tanto cosas materiales como inmateriales.

La identidad es algo que se puede robar.

Como pueblo, durante siglos han intentado quitarnos nuestra identidad. Han tratado de convencernos de que el Eterno ha desechado a su pueblo.

Muchas veces, la necedad humana impide la comprensión de lo siguiente:

si no somos fieles al Eterno (como pueblo) viene el mal, pero el Eterno cumple con su promesa y es misericordioso.

En (Deut. 7:9) está recogido:

‘Reconoce que El Eterno tu Dío es poderoso, Dío fiel, que guarda el pacto y la misericordia para con los que le aman y guardan sus mandamientos hasta mil generaciones

Él no ha dejado ni abandonado a su pueblo, no lo ha cambiado por otro, ni lo hará jamás. A pesar de nuestros pecados.

El gran reto de aprendizaje para nosotros es saber lo que somos y por qué.

No podemos permitir que nos usurpen esa identidad.

Es necesario en nosotros un equilibrio entre nuestras emociones, la racionalidad y el conocimiento.

Una cosa es clara:

la verdad liberta,

la mentira esclaviza.

Y alguien dijo que la verdad existe. Sólo se inventa la mentira.

Somos pueblo del Eterno porque esa es Su Palabra, al haber establecido un pacto recíproco, en el que nosotros nos esforzamos en cumplir sus mandamientos (eternos).

Meditemos sobre cuál es nuestra identidad.