Podría decirse, en términos generales, que el ser humano suele tener interés en saber de dónde venimos y a dónde vamos. Sin embargo, normalmente las personas no saben cuál es el propósito de sus vidas.

Si tan solo tuviéramos claro que el pueblo del Eterno ha tenido una ruta, un recorrido histórico con un puerto de origen y un puerto de destino, no andaríamos sin rumbo.

Es cierto que aveces no somos capaces de entender con claridad cuál es la voluntad divina, y, por ende, el objetivo de nuestra vida.

 Si esto ocurre, es necesario que a largo plazo haya en nosotros claridad y seguridad, porque Su promesa es firme y segura.

El escogió un lugar (el monte Moriah) y a un pueblo consagrado.

En muchas ocasiones he enseñado y reiterado que la santidad se basa en la obediencia a la Torá (ley/instrucción), que es el reflejo de la obra del Eterno.

La espiritualidad por tanto consiste en la obediencia, la consagración y la santidad.

Sabemos cómo hemos de vivir y hacia dónde dirigirnos. Aunque nos encontremos fuera de nuestra tierra y andemos en la diáspora, nuestro refugio se encuentra en la Torá y tenemos un objetivo en la vida.

No olvidemos algo fundamental que está recogido en esta porción:

es necesario perseverar en las palabras de la Ley para cumplirlas (Dt. 27:36).

Si no tuviésemos una finalidad, no existiríamos como pueblo,

no seríamos capaces de irradiar la luz que el mundo necesita.

Leamos, aprendamos, contextualicemos, meditemos y vivamos de acuerdo a su voluntad.