Básicamente el ciclo de vida tiene cuatro etapas: nacimiento, desarrollo, reproducción y muerte. Estas fases son aplicables a todas las personas y cosas.  

Hay pasos necesarios y todo tiene un proceso.

Podría decirse que nuestro nacimiento como pueblo ocurrió en Egipto, y a partir de ese momento iniciamos un camino que continúa hasta el día de hoy.

Salimos de Egipto y El Eterno nos ordenó no regresar a aquella tierra. Durante ese recorrido hemos pasado por varias etapas: andamos cuarenta años por el desierto (v.5) antes de llegar a tomar la tierra que El nos había prometido.

En estos capítulos se recalca un mandamiento práctico: ser un pueblo diferente.  Esto es así con el siguiente objetivo:

Dt. 29:13‘para confirmarte como pueblo suyo, y que Él sea tu Dios, tal como ha hablado y como juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob …’

Debemos entender la tierra Egipto como símbolo de aquello que no podemos anhelar y/o tener, porque como bien expresó Yohanán nos es necesario nacer de lo alto (Jn. 3:3. Nacer de nuevo no existe, es un error/mala traducción).

Si tomamos la decisión de nacer de lo alto y seguir al Eterno, formando parte de ese pacto y ese juramento que Él nos hizo, no podemos retraernos.

 Lo que quedó atrás, lo que había en Egipto no era para nosotros (espiritualmente hablando).

El motor de nuestra vida es la palabra del Eterno.  Nuestra confianza debe estar en su palabra.

Seguirlo no es una religión; consiste en un modo diferente de vivir.

Dt. 29:9.‘Guardad, pues, las palabras de este pacto y ponedlas por obra, para que os haga prosperar en todo lo que hagáis’

Siempre ha ratificado su pacto con aquellos que presenciaron su magnífico poder en la tierra Egipto y en el monte Sinaí, pero no sólo con ellos sino con nosotros y con todas las generaciones. Porque El no está limitado por el tiempo y su Palabra comprende todo el universo.

La Toráh cambia los corazones de aquellas personas que en verdad lo buscan.

Shalom Ajim.