Shalom estimados lectores
La porción de la Torá (tradición) de esta semana recoge uno de los momentos más dramáticos y con más trascendencia de la historia de Israel. Es la porción invisible. Digo invisible porque dependiendo de quien lee las Escrituras, hay pasajes que nunca se tocan. Romanos 11:1 es un pasaje del que no se habla en determinados círculos cristianos. El judaísmo talmúdico pasa por alto el capítulo 32 de Éxodo, el becerro de oro pesa demasiado teológicamente hablando. Pero no quiero hablar de los evidentes trapos sucios de los “religiosos”. Quiero hablar de lo que no es evidente, pero está ahí.
Está de forma encubierta sutilmente en 32:1. Me refiero a la imitación sutil del paganismo en nuestra forma de rendir culto al Eterno. Aquellos cayeron en el pecado más habitual del religioso: imitar lo profano, aquello que nos prohibió el Eterno, adornándolo de “espiritualidad” para que aquello que es un veneno, tenga aspecto de agradable.
Podemos ver:
Lugares de culto cristiano lleno de imágenes.
De arbolitos de navidad.
Celebrando el día del sol (domingo), diciendo que es el día del Señor.
Enseñando contra la Torá y las fiestas, pero argumentando que son el Israel verdadero.
Olvidan:
Que el Eterno nos dio la Torá para santificarnos. (1ª Pedro 1:23)
Que nos dio el Shabbat santo (Ex. 31:14-16)
Es obvio: Que el hombre sustituye lo santo por lo profano. Que desecha la Palabra del Eterno y sigue inventos de hombre, que son innegablemente pecado.
Queremos que el Eterno nos vea santos, pero nos deleitamos en el pecado, en la desobediencia, en la corrupción de su palabra. Y aun así, nos jactamos de ser su pueblo.
Esa religiosidad se llama hipocresía, sin duda.
Rav. Mijael Sofer PhD.